Era un martes de invierno. Llegué tarde a casa, con hambre y sin una gota de energía para cocinar. Abrí el refrigerador y ahí estaba todo: las verduras que había comprado el domingo con toda la intención, ya blandas. Un táper del que ni me acordaba. Cerré la puerta y pedí delivery. El tercero de esa semana.
Y mientras esperaba, sentada en la cocina, pensé algo que me dio más vergüenza que hambre: "no soy capaz ni de resolver la cena".
Esa noche decidí que no me volvería a pasar.
No soy chef ni nutricionista. Lo que vino después fueron dos años de prueba y error en mi propia cocina. Comida que salía aguada. Carne que salía seca. Tápers que terminaban en la basura porque ya no sabía qué había dentro ni desde cuándo.
Y lo que lo cambió todo no fue una receta. Fue darme cuenta, después de tirar como 40 tápers, de que la comida no se arruinaba en la olla: se arruinaba en los 10 minutos entre la olla y el congelador. El día que empecé a enfriar del todo antes de guardar, el pollo del domingo salió el miércoles exactamente igual. Ahí supe que tenía algo.
Las recetas que sobrevivieron son las que empecé a compartir con mi familia y mis amigos. Son las que están en este libro.
No te prometo perfección ni transformaciones milagrosas. Solo te ofrezco lo que sé con certeza: que cocinar con anticipación te devuelve tiempo, calma y el placer de sentarte a una mesa con comida hecha en casa.