Era un martes de invierno. Llegué tarde a casa, con hambre y sin una gota de energía para cocinar. Abrí el refrigerador y estaba completamente vacío.
Esa noche decidí que no me volvería a pasar.
No soy chef ni nutricionista. Lo que vino después fueron años de prueba y error en mi propia cocina. Comida que salía aguada. Carne que salía seca. Tápers que terminaban en la basura porque ya no sabía qué había dentro ni desde cuándo. Fui anotando lo que funcionaba y descartando lo que no.
Las recetas que sobrevivieron son las que empecé a compartir con mi familia y mis amigos. Son las que están en este libro.
No te prometo perfección ni transformaciones milagrosas. Solo te ofrezco lo que sé con certeza: que cocinar con anticipación te devuelve tiempo, calma y el placer de sentarte a una mesa con comida hecha en casa.